Jorge A. Franco Cáceres
Introducción
Sucedió en Mérida hace unos días. Un par de jóvenes artistas italianos interesados en las culturales ancestrales que permanecen vivas en el mundo globalizado, me comentaron que, en las principales ciudades de la Península de Yucatán y, en especial, los desarrollos turísticos del Caribe mexicano, se hablaba mucho de la historia maya del pasado pero, al mismo tiempo, la cultura maya del presente brillaba por su ausencia en el acontecer cotidiano.
El comentario espontáneo de los dos turistas mediterráneos, luego de visitar con ayuda de un abusivo guía las zonas arqueológicas de Chichén Itzá y la Zona Puuc, resultó un tema complejo de responder por parte mía. Porque, quizá sin imaginarlo, los jóvenes habían tocado las entrañas de algo -quizá deba decir el principal problema del desprecio racial que prevalece en nuestra región contra la gente de origen maya-, que se ha tratado de sepultar entre los Siglos XIX y XXI pero que resulta obligado considerar en esta ocasión conmemorativa del 30 de julio de 1847.
Discriminación convenenciera a partir del respeto a la diversidad cultural pero con ignorancia y desprecio de la Cultura Maya


Abro un paréntesis para señalar que, cuando regresaba a la observación inicial de los jóvenes italianos, se me ocurrió compartir con ellos varias preguntas como las siguientes. ¿Podemos imaginar en el mundo globalizado a alguien más que los yucatecos, campechanos y quintanarroenses con sesgos racistas contra alguna parte de sus propias herencias culturales que permanecen vivas? ¿Podemos imaginar a otras naciones o pueblos contemporáneos, resultantes de los dinámicos y diversos procesos de mestizaje étnico y cultural, “maravillándose” pero al mismo tiempo burlándose de un repertorio consignado de sus propias manifestaciones culturales? Pues -procedí a comentarles-, eso es lo que ha ocurrido aquí o, al menos, es lo que parece ser en términos discriminatorios hacia la cultura maya. Y después seguí con una explicación.
Discriminación convenenciera autorizada y aceptada

A decir verdad, por todos los rumbos de la Península yucateca, una variedad de celebraciones históricas y tradiciones rebeldes de las comunidades mayas, han sido motivo de duplicidades convenencieras o polémicas desinformadas en los espacios públicos. De hecho, muchas de estas manifestaciones han tenido que asumir máscaras de cultura e identidad europeas, con respaldo de las autoridades políticas y las instituciones indigenistas, para que los poderes y las leyes no las proscriban debido a que los turistas extranjeros se extrañen o incluso resientan la discriminación que prevalece.
Es tal el nivel ideológico y estructural de la discriminación entre los gobiernos regionales y los empresarios turísticos, que incluso las prácticas ancestrales de claro origen maya son una y otra vez revestidas con sesgos europeos de religión católica y folklore regional. Los herederos de los campesinos mayas, que lucharon con machetes y fusiles contra la opresión extranjera en ese siglo XIX, son ahora disfrazados de jaraneros yucatecos, revolucionarios mexicanos o incluso actores cinematográficos tipo “Apocalypto”. Porque si aparecen semidesnudos o se visten con los calzones blancos de los campesinos de la guerra de 1847, puede armarse un escándalo entre las conciencias rectoras y padecer el retiro de las subvenciones oficiales. En consecuencia, los reclamos dentro de los colectivos culturales mayas -más cercanos al mundo macehual que al predominio extranjero- son constantes, por lo que las autoridades quieren hacer con las tradiciones y las comunidades para posicionarlas como escenarios de servicios turísticos. Y esto sucede como parte de esta discriminación sin importar que, por estudios genéticos del mestizaje de la península yucateca, se sabe bien que el aporte genético maya es irrefutable en la inmensa mayoría social, sea proveniente por vía materna con desaparición de apellidos mayas o por vía paterna con permanencia de los mismos. Es irrefutable, entre yucatecos, campechanos y quintanarroenses, que la mayor parte de la población regional tiene orígenes humildes en los pueblos y las comunidades, y tienen ascendencia maya dentro de cualesquiera que sean sus tipos de mestizaje.
Por otro lado, puede anotarse que es tan convenenciero el sesgo racista que prevalece en nuestra región, que se interpone ante los derechos ciudadanos para que se rechace que no hay raza blanca pura salvo aquellos que tienen una ascendencia extranjera reciente, los cuales suelen pertenecer más a las élites adineradas y poderosas del mundo globalizado que a las clases medias y bajas de las ciudades capitales y los sitios turísticos. Por otra parte, tampoco hay raza “indígena” dura salvo aquellos que tienen una ascendencia macehual en comunidades aisladas de las periferias campesinas de Quintana Roo, Yucatán y Campeche. Sin embargo, esto es lo que se proclama en los foros oficiales y los medios masivos con el afán mercantil de hacer atractiva la historia maya del pasado al turismo extranjero e intentar sepultar ante todos la cultura maya del presente.
No es sorprendente, entonces, observar la dimensión que ha alcanzado el fenómeno social y cultural que se denomina como propio de los “huiros”, es decir personas de origen mestizo o maya que suelen enfatizar que, entre sus ascendentes familiares cercanos y lejanos, siempre hay hombres y mujeres que son rubios, bellos, altos, adinerados y poderosos. De hecho, un buen termómetro para saber si una persona de origen maya está afectada por este fenómeno discriminatorio hacia la cultura maya del presente, es oírla contar las historias familiares, señalando los engaños y las desgracias que determinaron que sus vidas sucedieran en pueblos y comunidades campesinas y no en las ciudades capitales y los sitios turísticos.
Conclusiones
Como puede apreciarse, en la Península de Yucatán se ignora o desprecia la cultura maya que permanece viva en las periferias urbanas y las comunidades rurales, pero no tanto la naturaleza histórica de la misma por intereses políticos y negocios empresariales. Y se rechaza la posibilidad de que sea parte integral de la herencia regional en el mundo globalizado, porque se considera una cultura de personas que en el presente son ignorantes de la realidad, débiles de carácter y fáciles de manejar.

Por otro lado, se comparte también como estrategia discriminatoria que, si educas a una persona para despreciar las herencias culturales de sus antepasados, preparas a esa persona para que se sienta inferior al que viene de otra realidad donde no ocurren estas cosas. Por eso, la mayoría de la gente de la península yucateca, que realiza trabajos de servicios en los que se impone la reverencia al extranjero, es yucateca, quintanarroense y campechana de origen maya, y los trabajos de mando los realizan personas extranjeras o algunos mestizos que han calificado por sus características étnicas y culturales para tales oficios.
Por todo lo expuesto, comparto con los jóvenes italianos su denuncia de que esta discriminación, autorizada y aceptada en la península yucateca, ha sepultado los conocimientos mayas ancestrales para convivir en paz y armonía con la naturaleza, y ha ponderado las historias fantásticas y mentirosas para entretener a los turistas extranjeros. Pues, es cierto que no son pocas las leyendas e historias mayas que nos hablan de cómo éstos convivían en un mayor equilibrio con su medio ambiente que los habitantes de las ciudades capitales y visitantes de los desarrollos turísticos.
Si el espíritu ancestral de los mayas se siguiera transmitiendo sin prejuicios, en vez de intentar sepultarlo para convertir a la gente de origen maya en peones de obras sucias o empleados no calificados, ocasionándoles desventajas y malestares como los que engendraron la guerra de 1847, quizá no tendríamos que estar lamentando los crecientes índices de violencia en los campos peninsulares, las periferias urbanas y en las zonas costeras para complacer a los turistas.
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